Cada Día del Abogado solemos hacer un alto para pensar en el oficio. Y si algo define este momento de la profesión es que la inteligencia artificial (IA) dejó de ser una curiosidad para convertirse en una herramienta de trabajo obligatoria en nuestro día a día –es lo más similar a tener un “súper poder”–. La pregunta ya no es si vamos a usarla, sino cómo hacerlo de la mejor manera posible. La respuesta, que muchos pasan por alto, tiene menos que ver con la tecnología y más con la forma en que organizamos nuestro trabajo, evaluamos los riesgos, creamos políticas internas de manejo de la IA y repensamos nuestra estructura mental.
Vale la pena empezar por una cifra que incomoda: en el Artificial Intelligence Index Report 2026, el informe anual que publica el Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence (HAI) de la Universidad de Stanford sobre el estado de la IA, el 38 % de los propios expertos en la materia cree que esta reducirá los empleos de los abogados en los próximos 20 años. La cifra es menor que la de oficios más rutinarios –cajeros (73 %), conductores de camión (62 %) o periodistas (60 %)–, pero entre las profesiones que viven del criterio los abogados encabezan la lista, muy por encima de médicos (18 %), terapeutas (27 %) o profesores (31 %).
Con todo, el mismo estudio matiza el alarmismo: el efecto real no es un reemplazo masivo, sino una presión concentrada en los entry levels y en los abogados más juniors, un “cambio tecnológico sesgado por antigüedad” que sustituye algunas de sus tareas y da prevalencia a aquellos roles en donde el criterio juega un papel esencial. Sin embargo, a nuestro juicio, ese trabajo mecánico u operativo, sigue siendo profundamente valioso e indispensable, pues la práctica demuestra que, lejos de quedar desplazados, son justamente estos cargos los que mejor pueden aprovechar la herramienta que tiene la tecnología de potenciar su trabajo siempre que se aprende a usarse con método y criterio.
Durante años, la industria legal fue de las más cautelosas a la hora de adoptar tecnología, lo que puede obedecer a que la naturaleza de confianza del oficio, la confidencialidad, la seguridad de la información y un modelo de negocio montado sobre la hora facturable, de cierto modo, hacían que avanzáramos más despacio que las demás industrias. Ese rezago, sin embargo, se desvaneció en tiempo récord, pues, en apenas tres años, la IA generativa llegó al 53 % de adopción –más rápido de lo que en su momento se masificaron el computador personal o el internet–, y hoy su uso en gestión del conocimiento dentro de los servicios legales y profesionales asciende al 58 %, a la par de los sectores más avanzados, como el tecnológico, donde la ingeniería de software y el área de IT registran 58 % y 56 %, respectivamente. Con esas cifras sobre la mesa, lo que está en juego ahora es cómo la usamos mejor.
Por eso creemos que el verdadero llamado de este momento es a estructurar nuestras áreas legales de forma que logremos sacar el máximo potencial de las herramientas tecnológicas como la IA y, a la vez, balancear ese potencial con un uso responsable, pues la IA no es solo comprar una licencia o capacitar a alguien en prompts, sino que implica repensar cómo fluye el trabajo, qué tareas pueden apoyarse en estas herramientas, cuáles son los riesgos para cada tarea, con qué nivel de control se deben manejar, quién revisa o filtra los resultados, clasificar la información y determinar qué debe mantenerse únicamente en los flujos internos de los equipos. En cualquier caso y situación, el raciocinio y la experiencia de los abogados son –por lo menos hasta el momento– irremplazables.
En la práctica, un paso importante es clasificar la información, los flujos de datos y los usos por nivel de riesgo. Y aquí los datos vuelven a ser una brújula: Stanford muestra que las ganancias de productividad son fuertes en tareas definidas y repetibles, y débiles o nulas en las que exigen juicio profundo. No todo merece el mismo cuidado: resumir u organizar información admite una revisión ligera, mientras que citar normas o jurisprudencia, o redactar lo que irá a un cliente o a una autoridad, exige verificación humana y un proceso documentado. Identificar los flujos de información y de trabajo dentro de cada equipo, según sus particularidades, permite graduar el control según el riesgo y convertir decisiones hoy improvisadas en reglas claras y compartidas. Solo así la tecnología logra fungir como verdadera herramienta para reducir la fricción de nuestras tareas e ir de la mano de los deberes profesionales que tenemos como abogados.
En el contexto local, la Corte Suprema de Justicia fue enfática en que el equilibrio que debemos construir debe partir de que la herramienta asista, pero que sea el abogado quien decide, estructura y responde. Pues el uso de la IA en el ejercicio de nuestra profesión exige como mínimo un control humano efectivo, verificación rigurosa de cada fuente y transparencia sobre el uso de contenido asistido (Auto AC739-2026 del 13 de febrero de 2026).
En este Día del Abogado, nuestra invitación es a no verla como una amenaza, sino como una oportunidad de madurar la profesión, teniendo presente que la IA evoluciona sin pausa, de modo que trabajar con ella no es un proyecto con fecha de cierre, sino un ejercicio permanente de iteración, en el cual, la tecnología cambiará muchas cosas en nuestro ejercicio, pero el criterio, la ética y la responsabilidad seguirán siendo, afortunadamente, profundamente humanos.