Alternativas a la crisis en el horizonte

La problemática.

Hacer futurología en un país tan lleno de incertidumbres como Colombia, más en un año electoral como este 2022, parece una misión imposible. Sin embargo, llegaron los profetas.

En la medida en que las cifras macroeconómicas fueron liberadas por el Gobierno Nacional, especialmente las relacionadas con crecimiento económico e inflación del 2021, se han empezado a oírse voces preocupadas diciendo que el país va camino a repetir la experiencia vivida en el 2016, momento en el cual caímos en una crisis económica profunda por efecto, entre otras cosas, de una subida enorme en las tasas de interés.

Sin pretender ser expertos economistas, es imposible no darse cuenta que -según cifras oficiales- la tasa de interés ha pasado de 1.75% a finales de septiembre de 2021 a 4% a cierre de enero de este año, y que todo parece indicar que esa tendencia seguirá, pues con una inflación al cierre del 2021 de 5.62% (menos que en 2016, solo para las cuentas de todos) más una expectativa de inflación del 7% para los últimos 12 meses, parece razonable pensar que el Banco de la República continuará con la tendencia al alza, considerando que esta entidad tiene como mandato constitucional detener la inflación, y lo cumple pase lo que pase, como lo ha demostrado en el pasado.

Incluso, a inicios de febrero, Bank of America publicó su pronóstico de que el Banco de la República iba a subir la tasa de interés hasta el 8% (en 2016 el punto más alto fue 7.75%), como pronóstico razonable en el corto plazo, y esto sin tener en cuenta el factor político, que puede resultar pateando el tablero para cualquier lado, dependiendo de las elecciones de congreso y presidente que tendrán lugar en el primer semestre del año.

Si resulta ser que esto es verdad, y que toda la situación -al igual que en la crisis del 2016- termina en un incumplimiento masivo de obligaciones financieras de deudores en todos los sectores de la economía, es importante empezar a pensar qué alternativas hay en el horizonte, pues podríamos repetir la experiencia de compañías quebradas de manera generalizada.

El incendio y el bombero

Existen múltiples alternativas que se pueden implementar para plantarle cara a una situación mala como la que pronostican podría venir el año que viene.

Para empezar en orden de “agonía” empresarial, la primera, y quizás más obvia, sería intentar un reperfilamiento de las deudas financieras. Esto, no es nada diferente a buscar una negociación para cambiar los plazos de repago de un crédito, ojalá buscando un periodo de gracia o incluso un alivio en la tasa de interés. Esta alternativa, si bien existe y se usa todos los días, normalmente requiere una muy buena relación con los financiadores, y -según nos mostró la experiencia durante la pandemia- traer ingredientes nuevos a la mesa para mejorar la evaluación de riesgo del deudor, del estilo de garantías adicionales, algunas veces provenientes de accionistas o de compañías vinculadas, que saquen el riesgo por fuera del perímetro de la operación original con el deudor reperfilado.

A renglón seguido del reperfilamiento, y un poquito más complejas, están las reestructuras privadas que son -en esencia- un concurso de acreedores, solo que sin la intervención de un juez. Estas iniciativas tienen de bueno que le permiten a un deudor enfocar sus esfuerzos en negociar con los acreedores de mayor envergadura, los que más aire le quitan, sin necesidad de tener que convocar a todos y cada uno de sus acreedores como ocurre en los procesos judiciales, y que normalmente se extienden más allá de las fronteras de los acreedores financieros para incluir, por ejemplo, proveedores.

Como resultado, las relaciones con los acreedores (o buena parte de ellas, al menos) saldrán modificadas, aunque no necesariamente en los mismos términos o incluso en términos comparables, lo cual le ayuda al deudor a poder ofrecer condiciones diferenciales y en general darse cierta flexibilidad para el manejo de la crisis.

Finalmente, están los procesos de reorganización bajo las normas de insolvencia, bien sea en su modalidad completa o los simplificados que surgieron durante la pandemia (cuya prórroga, dicho sea de paso, esperamos todos con ansiedad), que si bien pueden ser más rígidos y más complejos en sus reglas, notoriamente más largos, y comportar una “mala reputación” para los deudores, ofrecen protección contra demandas y embargos que ayudan a las compañías que ya se encuentran sucumbiendo ante el peso de sus deudas.

El Final

¿Cuál es la manera entonces de prepararse para lo que viene? No hay una solución de talla única. Dependerá de cada empresa, de cada situación particular, del mercado y de un millón de factores.

Lo que si es cierto, es que es necesario empezar a pensar en estos temas más temprano que tarde, para que no lo cojan desprevenido. Dicho de otro modo, cuando uno sale a caminar por la noche, no es necesario esperar a que lo roben para cambiarse de andén.

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NICOLÁS TIRADO
SOCIO / COLOMBIA
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DANIELA VARGAS
ASOCIADA / COLOMBIA

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